"Busco al hombre de mi vida. Marido ya tuve"

PRÓLOGO

“Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio.”
Joan Manuel Serrat.

He vivido unos días de costado.
Otros sin saber
dónde estaba el horizonte.
Me escondí detrás de las puertas,
de los árboles, de las ventanas.
Busqué algunas cosas
sin saber por qué las añoraba.
Me sentí culpable,
inútil,
demasiado joven,
o demasiado vieja.
Disfruté algunas flores                                                  
y perdí muchos amaneceres.

Al final, una mañana,
conté mis arrugas,
una por una,
y decidí vivir.

Empecemos.

Estuve casada muchos años, más de treinta, por eso busco al hombre de mi vida, no a un marido.
La mayoría de las mujeres que conozco entendería este razonamiento sin demasiadas dificultades. El problema grave se origina en que quienes no lo entienden son los hombres. Ergo, en este punto nace uno de nuestros grandes desencuentros.

¿Estado civil?
Si en este momento me preguntaran cuál es mi estado civil, la descripción más adecuada sería: divorciada entre novios. Aunque la palabra novio me suene a pasado pluscuamperfecto. No nos engañemos, tuve catorce años, la edad de Julieta, hace demasiado tiempo.
Debe ser pareja lo que busco. ¿Pareja? La palabra supone paridad y yo no sé si  aguantaría a nadie como yo. No obstante, le he dedicado largas horas de análisis a este tema para llegar a la conclusión de que lo que más se aproxima a lo que busco es un novio cama afuera. La dificultad práctica es que escasean los voluntarios.

Para todo hay una primera vez.
Para escribir este libro también.
Como aquella tarde en la que, mientras tomaba un café con una amiga, sentí que esto había que contarlo. Para ayudar, para que se supiera cómo son las cosas. O para desahogarme. O para avivar giles. No sé. Quizá por una mezcla de todo esto.

O sea que la idea es generosa. No me guardo la experiencia como la dirección de esa modista buena y barata que vive a la vuelta de casa o los datos del peluquero que no se equivoca jamás en el corte. De ninguna manera. De compartir se trata. Y de difundir esto. Para que los amigos, los muchachos, los varones, los nenes grandes sepan que hace mucho que los observamos y que ¡por fin! empezamos a entender las claves.

Siempre sale el sol.
Y la claridad suele llegar después de la oscuridad más intensa.
Esa mañana de la primera semana de marzo todo fue claro en un instante. Si fuera creyente, religiosa o mística diría que tuve una revelación divina. Como soy atea, agnóstica hasta lo imposible, creo que lo que tuve fue una bruta intuición, un diálogo conmigo misma o con mi sabio interior como suele decirse en estos días de New Age y Posmodernidad. Sé que ese día mi vida cambió para siempre después del momento en que pensé: ”Si sigo así un día más me enfermo y me muero”.

Desde entonces pasé por muchas situaciones diferentes; supe de grandes alegrías y enormes dolores. Pero sigo creyendo que las crisis/oportunidades son momentos que nos ofrece la vida para los grandes aprendizajes. Desde entonces tengo más claro dónde quedan el sufrimiento y la felicidad y puedo medirlos con varas diferentes. Sé de qué me hablan cuando los nombran porque estuve allí.

Ocurre, asimismo, que provengo de una familia de sabihondos y suicidas que me inculcaron poder de observación y de análisis. Esto no deja de ser una desgracia porque se vive mucho mejor sin estos dones pero, ya que los tengo, he decidido aprovecharlos.
Finalmente, a esta altura de mi vida, igual que la mayor parte de las mujeres que comparten mi generación, ya cumplí con los mandatos que me fueron asignados.

Hola, ¿estás?
Me gusta iniciar este libro pensando que del otro lado hay alguien que me lee, un interlocutor o interlocutora a quienes puedo hablarles.
En días de buen humor tiendo a pensar que hay muchísimas personas interesadas en compartir lo que escribo. Otras veces, comparo y empiezo a sentirme pésimo. Porque me convenzo de que a todas las demás les va mejor que a mí; que yo soy la única que no consigue un tipo como la gente (sea lo que sea lo que eso signifique por el momento) y entonces me parece que a nadie le va a interesar lo que relate aquí. Víctima de mi profunda honestidad, debo confesar que también me encanta despertar envidia cuando la pego y me toca un período, de esos que no abundan, en los que estoy acompañada por un dios.

De la vida se trata.
Para que este prólogo fuera completo debiera anunciarlo todo. Pues bien, resumamos: se trata de la vida. Aquí, en Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata, a mediados del año 2000, en una sociedad que rompió casi todos los esquemas pero todavía no se sentó a pegar un pedazo con otro.

Como mi optimismo natural me impide ser pesimista, no me resigno a dejar de soñar. Aun después de tantas idas y venidas, espero encontrar, o que me encuentre, el señor ese del tercer tipo que Clara Coria jura que existe. El que me va a amar y respetar y dejar que yo sea yo, así nomás como soy.
Pero también soy de Piscis y soñadora, lo que me induce a esperar que ese mismo señor algún día me haga llamar por los parlantes de un aeropuerto para decirme que me quiere o que me cubra la cama de rosas y quiera hacer el amor sobre la alfombra. Reconozco que puedo haber visto demasiado cine pero uno de mis mantras preferidos cuando me aburro del “om” es “existe y va a llegar”.

Me quedan por hacer dos aclaraciones: la primera, que estas páginas están narradas en primera persona porque me parece más directo,  que llega mejor. Y aunque declaro públicamente que no todo lo que cuento me pasó estrictamente a mí, la mayoría de lo relatado tiene que ver conmigo o lo observé yo misma. El resto proviene de muy buenas fuentes (que no me siento obligada a revelar) y debe tomarse como rigurosamente cierto.

La segunda: yo hablo, lógicamente, desde mi edad y mi experiencia cuando ya he pasado, como es público y notorio el medio siglo. Tengo que decir que me horroriza haber compartido experiencias con chicas de 25 y 35 años a las que les sucede lo mismo. Me dolió particularmente escuchar sus desencuentros a una edad en que la vida debiera ser un vals.

Espero sinceramente que este libro, con el que a veces logro reírme de mí misma y de tantas situaciones difíciles, cumpla con su finalidad: hacer reír a muchas otras personas.

 

Buenos Aires, agosto de 2000


Los laberintos del éxito, Clara Coria, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992
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