Hace un tiempo me encontré con una palabra japonesa que me fascinó: Kuchisabishiii. Define “cuando no tenés hambre, pero podés comer porque tu boca se siente sola”. Es una explicación anti psicológica genial. Nada de culpa por comer sin hambre, por ansiedad oral, por conflictos no resueltos. Es tu boca la que está mal, no vos.
No sabría decir por cuál rara conexión me recordó algunos platos que mi boca, en momentos de soledad, extraña. Los que se perdieron con el tiempo en los restaurantes y que fueron las delicias de muchos octogeniales.
Comidas que desaparecieron de casi todos los menús, reemplazadas por otras recetas, nuevas y exóticas, nacidas de modas y tendencias en boga. Por poner un ejemplo, nuestra época no tenía mascarpone, rúcula ni quinoa. Los ingredientes no cambiaban tan velozmente y por la poca comunicación, comparada con las redes de hoy, las modas llegaban con mayor parsimonia. Los restaurantes ofrecían, con total obviedad, la fusión de todas las corrientes inmigratorias que nos poblaron. Un poco de cada una, todas riquísimas, todas mezcladas.
Les dejo a continuación algunos de los clásicos que recuerdo para que puedan agregar los que extrañan ustedes.
Pato a la naranja (el plato de los restaurantes paquetes), Costillitas a la Villeroy (tan trabajosas como deliciosas), Suprema Maryland (persiste en pocos lugares), Mejillones a la provenzal (no se ven más fuera de las playas), Bife a la pimienta (desaparecido junto con las papas a la crema), Arroz a la cubana (tan casero y sencillo), Chicken pie (amaba ese plato y lo extraño mucho), Cocktail de langostinos (posiblemente sucumbido debajo de una pila de langostinos empanados), Copa Melba (tan básica y rica), Crepes Suzette (otra paquetería con ceremonia y todo) y Omelette surprise (que debe haber partido junto con los pocos cocineros que sabían prepararla en alerta total para que no se derritiera).
Queda abierta la lista para que la amplíen.