¿Es bueno aburrirse?

¿Habrá alguien a quien le guste esperar? A mí no. No me refiero a la paciencia que, como ya es de dominio público, tengo poca. De hecho, si me la midieran en los estudios clínicos daría negativa.

No lo digo tampoco por lo que sucede cuando a uno, que tiene la mala suerte de ser patológicamente puntual, lo castiga la gente que llega a cualquier hora porque perdió la puntualidad en algún día de la infancia. O por lo que sucede en la cola del súper cuando esperamos en la fila para pagar y salir y el que está por pagar le cuenta la vida a la cajera mientras busca la tarjeta, la plata o el teléfono con inusual parsimonia.

Me lo pregunto porque ahora aparecen una teoría sobre lo bueno que es aburrirse para estimular la creatividad. A mí una de las cosas que más me aburre es esperar. Entonces no me queda claro cómo, si me enoja y aburre, puede a la vez hacerme bien. Entiendo el fondo de la cuestión: la idea es que tomemos conciencia de que lo malo que es  estar siempre conectados, o sea, hay que relajar y dejar flotar la mente.

Sin embargo, basta que me toque esperar para que se me ocurran las pilas de cosas que podría estar haciendo en lugar de… esperar. No me flota la mente y decididamente no me parece lo mismo el ocio creativo que el aburrimiento puro y duro.

Un ejemplo clásico es el consultorio del médico. Dejo de lado a algunos galenos a los que mandé a pasear porque consideraban aceptable que los esperara, por ejemplo, dos o más horas. En un consultorio normal, con el teléfono (del que debería estar desconectada para fortalecer mi creatividad) puedo leer un libro, recorrer Facebook o mandar un saludo de cumpleaños. Y no me siento ni relajada ni creativa, aunque se me pueda ocurrir qué cocinar para la cena, ya que por debajo estoy impaciente, miro la hora cada diez minutos y rezongo en silencio. Puede sonar dramático, pero cuando tengo que esperar, además de que me aburro, siento que se me gasta el futuro.

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