Ufa con la cibernética!

Me cansé. Si. De preguntar “¿podés hablar?”, como si estuviera pidiendo audiencia con el presidente.  ¿De dónde salió esto de pedir permiso para llamar? Cuando usábamos el teléfono negro de baquelita, si el otro estaba ocupado te decía “disculpame, te llamo después”. Y te devolvía la llamada más tarde. Punto. Ahora hay que pedir permiso, turno, horario. Que te digan “puedo en veinte minutos” o “estoy en la calle” o “te llamo a la noche”, con sus variantes.

También me canso de mirar si me leyeron. A las tres de la mañana, medio dormida, busco la doble tilde azul, como si fuera un asunto de vida o muerte y a las cinco controlo si me contestaron los mensajes. Por no hablar de quienes desactivan las tildes y me dejan en la duda de si me ignoraron, si no me quieren más o si se les cayó el teléfono en el inodoro.

Por si fuera poco, todo el tiempo empleado en verificar llamadas, mensajes, mails, promociones, propagandas y reels me provocaron una pereza difícil de curar hacia la lectura. Dije reels y creo que son un capítulo aparte. Porque, si dejo de lado las recetas de cocina (con sus cuarenta tipos de pan sin amasar que nunca haré), lo que antes me hacía reír ahora me hace sospechar que es pura IA. Debe ser porque yo no recuerdo que los bebés de tres meses hablaran como chicos de dos años ni que las ballenas pasearan por la selva ni que los elefantes jugaran como chicos, todo tan falso.

Pero lo peor es el exceso de mensajes inútiles, repetidos y fake news que llegan por día. Llegan al grupo, al grupo del grupo y al WhatsApp individual al mismo tiempo, como si fueran nuevos algunos que circularon hace quince años por primera vez “porque me encantó esto que me mandó una amiga”.

No hablemos del tiempo necesario para borrar los absurdos mensajes basura, que me prometen tratamientos para la impotencia sexual (¿a mí?) o me informan de los millones que gané en una lotería de Burkina Faso que ni siquiera sé dónde queda. Algunos circulan desde hace quince años y otros deben revolver en la tumba a García Márquez, Neruda y Benedetti por lo que se les atribuye. Para completar el combo, agrego el Waze y el Google Maps que cuando me invadieron anularon la excelente brújula interior que tenía. Si ahora se desconecta el GPS puedo llegar a Montevideo buscando un Carrefour.

Y para cerrar, señoras y señores, ya tengo una nueva libreta llena de contraseñas tachadas, modificadas, renovadas, reseteadas, porque no hay caso, no las dejan durar.

Entonces dudo. Oscilo entre pensar que esto es una enfermedad o que hay que bancarlo porque es la época en que nos tocó vivir.

Scroll al inicio