Yo extraño los piropos ¿vos?

Algo de todo lo que tengo para criticar de la cultura woke, que de veras me molesta mucho, es la desaparición de los piropos. Eso de que no se le pueda decir nada a nadie, nunca, porque todo puede ser acoso o posibilidad de conflicto me parece tremendo.

Estoy convencida de que, hasta la feminista más extrema, de esas que dicen “no me abras la puerta que me la puedo abrir sola”, cuando está con ella misma, en un momento de honestidad, extraña que le digan “qué linda estás”, “qué bien te queda ese vestido” o “ahora que adelgazaste ese pantalón te queda regio”. Lo que es seguro es que no lo reconocería siquiera bajo amenaza.

A decir verdad, estos comentarios son elogios que sólo rozan el piropo. Porque un piropo de veras, de los que desbordan de ingenio criollo, era cuando un muchacho que pasaba te decía. “¿qué hace un ángel como vos caminando por la calle?” o desde un camión alguien te gritaba “¿de qué juguetería te escapaste muñeca?” o en una esquina un señor te murmuraba “si la belleza fuera delito a vos te darían perpetua”.

Es cierto que alguna vez podían decirte una grosería, pero no era lo habitual y las otras veces compensaban por demás. Porque te ayudaban a sentirte más linda, más segura, sobre todo cuando la juventud te hacía navegar en un mar de dudas e inseguridades.

Yo tengo un recuerdo entrañable de una situación de hace unos veinte años. Me di cuenta de que precisaba unas cartulinas y ya era casi la hora en que la librería de la otra cuadra cerraría. Así como estaba, con calzas, remera de entrecasa y zapatillas partí rauda, olvidada de la elegancia. En la esquina, mientras esperaba para cruzar, un señor desde un auto me gritó: “¿dónde dejaste la caja bombón?” Confieso sin sonrojarme que tuve ganas de seguirlo y darle un beso.
Aclaré lo de los veinte años porque por una cuestión lógica de octogenialidad, no espero que me digan un piropo hoy. Lo triste, realmente triste, es que no se los dicen más a nadie.

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