“Un día sin reír es un día perdido” dijo alguna vez Charles Chaplin, un genio que ya era bien octogenial cuando seguía haciéndonos reír.
Pero los octogeniales de ahora nos reímos poco. Dicen que es normal con el paso de los años, tal vez se deba a que aparecen menos motivos para la risa si los achaques grandes o pequeños nos ocupan buena parte del cerebro.
O es que la edad nos vuelve más tristones y amargos. Si a nuestro alrededor se enferman más personas, o parten los amigos de toda la vida, la conclusión sería que tenemos poco de qué reírnos. Como es cierto también, que nos volvemos más exigentes para el humor y que risa como la del colegio, cuando nos tentábamos por cualquier pavada hasta caernos de los bancos, sería absurdo pretender.
¿Hay algo más? Hace unos días escuché por radio que ya nadie cuenta chistes. Lo decían en sentido estrictamente familiar y doméstico y al oírlo tuve como un flash que me trajo a la memoria las reuniones de unos cuarenta o cincuenta años atrás. Entonces no había ocasión que no terminara con un par de los “contadores”, que cada grupo de amigos tenía, trenzados en una payada para ver quién contaba el chiste más gracioso. Mis hijos todavía recuerdan que oían las carcajadas desde el piso de arriba de la casa mientras los mayores, en la planta baja, llegábamos a llorar de risa. Sobra aclarar que no existe mejor fin de fiesta posible.
Actualmente nos reímos solos, mirando un meme o un stand-up en una pantalla y las payadas seguramente se referirían a quién le duele más la cadera o la rodilla. Por si fuera poco, no nos engañemos, en este mundo en el que no se puede decir más nada, si contáramos los chistes de nuestra época correríamos riesgo de juicio penal.
Los “contadores” y las reuniones de aquellos años desaparecieron, no solo entre los octogeniales. Cambió todo y no está bien porque reírse, sobre todo de uno mismo, es un claro indicio de inteligencia y ayuda a la salud.