Hablemos otra vez de qué es ser viejo

Tenía dos amigas que a los cuarenta y cinco años eran viejas. Tengo otras, más octogeniales que yo, que son unas pibas. Tuve otra que, cuando yo tenía unos cincuenta y poco, fue mi compañera en un  taller de escultura a los noventa y siete.

Una vez leí que en la India durante muchos años no se midió la edad. No encontré dónde corroborar este dato, pero como me gustó lo conservo. Me parecería fantástico que no contáramos más los años y que cada uno viviera a su ritmo y capacidad cada momento de su vida.

Porque, finalmente, la edad no es más que una convención como tantas otras; en este caso ligada a un almanaque, también convencional, que nos marca el paso de los días. Pero como todos sabemos, el tiempo transcurre a diferentes velocidades en distintos momentos de la vida y sobre todo, en diferentes situaciones de las que nos toca enfrentar.

¿Qué pasa con el paso del tiempo? Vamos ganando experiencia (bueno, no todos), vamos acumulando alegrías, desengaños, recuerdos buenos y malos (todos), con suerte un poco de sabiduría (pocos). En lo personal, aunque tengo mucho para agradecer, puedo contabilizar también unas cuantas pérdidas. No me refiero a las personas que desaparecieron de mi vida por un motivo u otro y no siempre por la partida física. Pienso en las capacidades que fueron quedando atrás.

Ejemplos: la flacura estable que desapareció detrás de una barriga adquirida sin saber cómo, la posibilidad de usar tacos altos durante horas transformada en zapatillas, las ganas de salir a cada rato o la capacidad de hacer varios programas en un mismo día sin necesidad de tirarme a descansar cuatro veces. A esta enumeración, como en casos anteriores, le siguen unos cuantos etcéteras.

¿Y las mañas? Algunas las perdí, como la de tener la casa siempre impecable, la de planchar ropa blanca que no lo precisa, bancar personas insoportables solo por cortesía.

Lo que no logré nunca es liberarme de mi sensación de culpabilidad. Me siento culpable, muy culpable, pluscuanculpable muy seguido. Porque hice o porque no hice, porque dije o porque me callé, porque no hice todo lo que podía para ayudar a alguien o porque me metí demasiado en su vida sin que me lo pidiera. Tengo un culpómetro demasiado sensible que suele arruinarme a menudo los momentos de calma. Es algo que me gustaría perder porque, aunque sé que venimos de inevitables milenios de tradición judeocristiana de culpas y más culpas, creo que a mí me tocó una sobredosis.

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