Digresiones octogeniales

Tengo, desde muy chica, una especie de afinidad con los aspectos prácticos de la vida. Sin indagar demasiado en los ocultos motivos freudianos, lo atribuyo a un libro que me encantó y releí muchas veces en la infancia: “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe. Me fascinaba el capítulo en el que describía como encontraba soluciones para construir una vivienda, para alimentarse y sobrevivir en una isla donde tenía poco más que su ingenio.

Desde entonces, supongo, se desarrolló mi tendencia hacia buscar respuestas para los inconvenientes de la vida cotidiana. De hecho, muchos años después, esa veta derivó en una empresa que me dio más satisfacciones de las que puedo enumerar y cuyo lema era “Iteligencia en la cocina”.

Esta perorata explicativa surge porque hace unos meses, de viaje por España, entré en uno de esos negocios que venden infinidad de objetos de mucha, poca o nula utilidad, que resultan súper entretenidos para visitar aún sin intenciones de comprar. Abarcan desde un gorro a pesas para gimnasia, de una agenda a una aceitera, de un chocolate a unas pantuflas peludas.

En una batea de productos en liquidación encontré un par de guantes que iba buscando. Baratísimos, de una cuerina sintética muy suave por fuera y abrigados por dentro, regios para reemplazar los que hasta allí me defendían del invierno.

En estos días de frío porteño inesperado los puse en uso. Recién entonces noté que tenían una especie de marca redondita, rayada, del lado interno del índice. Me llevó solo un instante darme cuenta de que es simplemente genial: un punto para tocar el teclado del teléfono sin quitarse los guantes.

La pregunta que me nace es la siguiente: ¿detrás de esta mini genialidad hubo un graduado en diseño industrial, con sus miles de planos y diagramas o habrá estado una  mujer diciendo: “me complica la vida sacarme el guante cada vez que tengo que usar el teléfono, a ver cómo lo solucionamos”. Votemos.

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