En estos días en que el único tema filosófico parece ser anticipar las consecuencias de la IA en nuestras vidas, debo aclarar que yo nací en la época en que te preguntaban «¿a quién querés más, a tu papá o a tu mamá?» Esos días en que te daban una libreta con estampillas y te decían que «el ahorro es la base de la fortuna» y te inculcaban que «no solo hay que ser honesto, hay que parecerlo».
Lo cuento a riesgo de que piensen que deliro o estoy senil porque tengo claro que en estos momentos de corrupciones masivas parece ingenuidad terminal.
¿Recuerdan que cuando los octogeniales eramos jovenes casi no se hablaba de dinero? Había o no había, listo. Hoy, en cambio, parece ser el único tema de conversación, oculto en distintos ropajes con forma de sueldos, inversiones, precios, jubilaciones, dólares, impuestos y más. Nosotros cuidábamos los centavos «porque los pesos se cuidaban solos» ahora los paquetes de dólares circulan en bolsos.
Hoy día se empieza por comentar la obra de teatro del fin de semana y se termina en el precio de la entrada. Dos palabras referidas al autor y los actores y directo a comentar si estaba lleno o no el teatro, si la entrada resultó barata o cara en dólares, que si la crisis vacía los teatros.
Recuerdo que hace tiempo un amigo mío dijo: «por favor no hablemos más de dinero, hablemos de sexo». Tampoco resultó, porque nos reímos de entrada y diez minutos después estábamos hablando de precios y dinero tangencialmente relacionados con el sexo.
¡Poderoso caballero Don Dinero! Deberíamos preguntarle qué será de nosotros cuando la IA maneje toda la economia.
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