Vos, ¿llorás?

Cuando yo era joven solía llorar con mucha facilidad. A medida que pasaban los años comencé a notar que me costaba más. Ahora que soy octogenial lloro muy poco, como si el dispenser de lágrimas hubiera tocado fondo.

Alguna vez, me hace llorar una película muy, muy triste; otras, algunas expresiones de alegría masiva (algo difícil de explicar) o también algunos datos de tremenda injusticia. Por ejemplo, cuando veo chicos desposeídos en rincones abandonados del país se me abre la canilla de llorar.

Hace unas semanas, una película que me hizo lagrimear por primera vez en años me llevó a reflexionar sobre el tema. Sin necesidad de mucho diván, sabemos que cuando lloramos no reaccionamos solo y específicamente por lo del momento sino por todo lo que nos conmovió o dolió en ocasiones parecidas que hubieran necesitado un buen desahogo. Algo que quizás tenga que ver también con el modelo familiar en el que uno ha nacido: no es igual pertenecer a una familia alemana o británica, de conducta sobria y contenida, que a una italiana o española más propensa al drama y los pañuelos.

Pero me queda la intriga de por qué lloramos menos con el pasar de los años. ¿Será porque nos protegemos? ¿O porque por la experiencia acumulada nos sacuden menos algunas situaciones ya vividas? ¿Nos endurecemos? ¿Optamos por despreocuparnos y dejar fluir? ¿Sentimos que las lágrimas se han vuelto un recurso no renovable?
Ignoro la respuesta. Es posible que sea la suma de todo eso.
Y rescato algo más de la época de llanto más fácil: en ciertas ocasiones, por hacernos los fuertes y no llorar (por vergüenza, por amor propio o por no mostrar debilidad), nos resfriamos o morimos de dolor de garganta después. Porque, como se sabe, «lo que la boca calla, el cuerpo lo grita”.

En resumen, lloramos siempre solo que a veces a destiempo y de la manera equivocada. Tanto, que en algún momento no vendría nada mal tener a mano un sobre de sopa instantánea de lágrimas.

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